Discusión
Los resultados obtenidos apuntan a que, para la gran mayoría de los participantes, el
silencio sí existe. Sin embargo, sus definiciones no apuntan a la existencia de un silencio
absoluto, sino a una experiencia subjetiva y contextualizada en momentos y situaciones
concretas. Estas percepciones se alinean con lo que artistas contemporáneos plantean en sus
obras, reflejando el silencio no como una ausencia, sino como una presencia cualitativa. Este
enfoque se traba especialmente en la obra de John Cage, quien demostró que el silencio no
existe como tal, sino que todo es sonido (Kostelanetz 2003). De hecho, en sus obras refleja el
mismo pensamiento que los participantes de este estudio en el que los espacios que entienden
como silenciosos el ruido sigue existiendo, pero se ve transformado en una percepción
emocional.
De forma similar, artistas visuales como Agnes Martin y Hiroshi Sugimoto proponen un
silencio que no se define por la falta de estímulo, sino más bien por su capacidad para sostener
la contemplación, la calma, la atención. Esto respalda la de idea de muchos informantes que
encuentran el silencio en la atención plena, la concentración, la abstracción y la paz interior. De
hecho, las obras de Sugimoto tratan de transmitir un silencio con cierto matiz espiritual que
evoca muchas de las sensaciones que los informantes asocian con el silencio como el equilibrio,
la relajación, la paz o la concentración. Las obras de Waldman, por otro lado, generan imágenes
introspectivas que se asemejan a las sensaciones remitidas por los informantes en relación con el
vacío, la soledad o los espacios de reflexión.
En la obra de Herzog, por otro lado, el silencio se convierte en un territorio existencial, en
el que no presenta el silencio como una carencia sino como un modo alternativo de habitar el
mundo, similar a los pensamientos de los informantes acerca de la abstracción, muerta o la
vivencia del silencio a través de la música o la lectura.
La poeta y artista Laura Álvarez refleja en sus obras el silencio como una pauta necesaria
y genera un vínculo entre la palabra y el silencio, poniendo importancia en los espacios entre
ambos. Esta idea recuerda también a las definiciones personales aportadas por los participantes
que relacionan el silencio con la sanación, la salud, el descanso o una pausa en la vida cotidiana.
Finalmente, Cacciari propone una lectura del silencio como un espacio de apertura en
lugar de aislamiento que acoge las percepciones de los participantes del silencio como un
espacio de reflexión, descanso e introspección.
En conclusión, vemos que el discurso artístico persigue la misma línea de pensamiento
que la población general en relación con el silencio y refleja de alguna manera sus distintas
percepciones. En este sentido, podría decirse que, aunque las definiciones clásicas y objetivas
no terminan de reflejar fielmente la percepción de los individuos, sí lo hacen las obras de
diversos artistas a lo largo de los años (ver tabla 1).
De esta forma, ambos grupos conciben la existencia del silencio, no como algo absoluto,
pero sí de una forma más subjetiva o etérea, como algo personal para cada uno y que por lo
tanto varía dependiendo del individuo y el contexto, entendiendo entonces que el silencio está