La gran proeza de la galería de galpón
En el año 2015, la galería Ruth Benzacar se mudo de su histórica sede de la calle Florida
al 1000 ―un subsuelo de techos bajos y puertas angostas― para instalarse en un antiguo galpón
industrial del barrio de Villa Crespo (ver figura 2). Unos meses antes, a finales de 2014, abrió
sus puertas la galería Barro, ubicada en un galpón de 400 metros cuadrados en el barrio de La
Boca (ver figura 3). Estos dos casos, son centrales para abordar la consolidación de un nuevo
dispositivo de exhibición y comercialización que vendría a redefinir el sistema de galerías de
arte contemporáneo de Buenos Aires.
La galería de galpón es un dispositivo técnico-arquitectónico reconocible por sus
cualidades materiales, que consisten en una gran nave con paredes blancas, techos altos, pisos
de cemento alisado y la ausencia de interrupciones que contaminen visualmente el espacio.
Además de esas cualidades espaciales de la arquitectura, la galería de galpón incorpora el
despliegue de pautas de consumo, normas de comportamiento y maneras de hacer relacionadas
con sus usos sociales.
De esa forma ―a espaldas de una tradición local en la que el arte circuló por pasillos,
bazares e incómodos locales―, el galpón se erige como un “objeto de deseo” que proyecta las
dinámicas de poder y las construcciones sociales que subsumen el arte a su despliegue
industrial. Así, la galería de galpón aparece en la escena del arte contemporáneo porteño con la
fuerza de un trauma que amenaza el desarrollo del arte chico y doméstico a la vez que introduce
la fantasía del crecimiento profesional.
La galería de galpón es un medio en el que se construyen identidades y se negocian las
relaciones de poder, de esa manera es capaz de proyectar en los artistas la fantasía de realizar
una gran exposición individual, de contar con un entramado institucional encargado de insuflar
discursividad sobre sus obras, de acceder a un nuevo público, a un nuevo mercado y
fundamentalmente a la posibilidad de “vivir del arte”. Es decir, convertir su práctica artística en
una actividad profesional que se ajuste a los estándares y expectativas globales.
Hernández Galván (2022) en relación a La promesa de la felicidad (Ahmed, 2019) se
ocupó de señalar que “el objeto de deseo se manifiesta como un dispositivo inalcanzable, el
deseo se inclina hacía objetos, el deseo se pega a la felicidad. La consume, la cubre, la impregna
y sobre esa superficie trabaja“ (Hernández Galván. 2019).
La galería de galpón no solo constituye un escenario para la búsqueda individual de
reconocimiento y estabilidad económica, sino que también se inserta en una narrativa colectiva
que asocia el valor del arte con su capacidad de generar valor comercial y estatus social. Así, el
galpón despliega una escena en la que los artistas y sus obras navegan entre las expectativas de
la industria.
En esa dirección, podríamos pensar a la galería de galpón inscripta en un proceso mayor
relacionado con la expansión de la industria del arte contemporáneo y la promesa de “vivir del
arte”. Algo que vimos emerger junto al comienzo del nuevo milenio con la apertura de un
cinturón de instituciones que incluía desde museos como MALBA y Proa, espacios de
formación específicos para artistas como la Beca Kuitca, LIPAC y el Programa de Artistas de la
UTDT, la consolidación de la feria arteBA y la irrupción de docenas de galerías de arte
contemporáneo que abrían sus puertas en la Ciudad (Iglesias, 2012).