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Del pasillo al galpón. Una perspectiva queer sobre el arte y el
desarrollo de su industria en Buenos Aires.
From the Hallway to the Warehouse: A Queer Perspective on Art and the
Development of Its Industry in Buenos Aires
Mario Scorzelli
Universidad Nacional de las Artes
(Buenos Aires – Argentina)
mario.scorzelli@unraf.edu.ar
https://orcid.org/0009-0005-7515-296X
Resumen:
Este artículo aborda el cambio de emplazamiento de las galerías de arte mediante un
desarrollo argumentativo que traza relaciones, o señala la ausencia de relaciones, entre el pasillo
de El Rojas y los actuales galpones utilizados por galerías como Ruth Benzacar y Barro. Para
esto, se propone una perspectiva de los estudios queer, que recupera la orientación
fenomenológica de Ahmed y las narrativas del arte queer del fracaso de Halberstam, con la
intención de inscribir el fenómeno de la adopción del galpón en un relato mayor: la historia
triunfal de la industria del arte. En esa dirección, este articulo atiende a las mutaciones en la
circulación del arte que tuvieron lugar entre aquel pasillo de los noventa y los galpones del
nuevo milenio, trazando algunas directrices que esbozan la historia del éxito de la industria del
arte, a la vez que intentan encontrar alternativas que permitan especular otras posibilidades para
el desarrollo del arte, que lo proyecten sobre un futuro incierto, desatado de los sentidos
construidos a través de la periodización por décadas de la historia del arte y el enfoque
relacional de la sociología. En este sentido, se analizan las dos tesis antisociales de Pombo
como un punto de partida para indagar en una ontología queer que busca reorientar las
discusiones sobre el arte de Buenos Aires hacia la estética, en respuesta a la expansión de la
industria que se proyecta sobre él.
Sugerencias para citar este artículo,
Scorzelli, Mario (2026). Del pasillo al galpón. Una perspectiva queer sobre el arte y el desarrollo de su industria
en Buenos Aires. Afluir (Ordinario X), págs. 23-33, https://dx.doi.org/10.48260/ralf.10.249
SCORZELLI, MARIO (2026). Del pasillo al galpón. Una perspectiva queer sobre el arte y el desarrollo de su
industria en Buenos Aires. Afluir (Ordinario X), octubre 2026, pp. 23-33, https://dx.doi.org/10.48260/ralf.10.249
Recibido 09/12/2025 Revisado 21/07/2026
Aceptado 12/09/2026 Publicado 31/10/2026
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Abstract:
This article examines the shift in the physical location of art galleries by tracing (or
highlighting the absence of) connections between the hallway of El Rojas and the contemporary
warehouses used by galleries such as Ruth Benzacar and Barro. It proposes a queer studies
perspective that draws on Sara Ahmed’s queer phenomenology and Jack Halberstam’s
narratives of queer art of failure, with the aim of situating the adoption of the warehouse within
a larger narrative: the triumphalist history of the art industry. In this direction, the article attends
to the mutations in the circulation of art that occurred between the hallway of the 1990s and the
warehouses of the new millennium, sketching guidelines that outline the success story of the art
industry while simultaneously seeking alternatives that allow us to speculate on other
possibilities for the development of art—possibilities that project it toward an uncertain future,
detached from the meanings constructed through the decade-based periodization of art history
and the relational approach of sociology. In this regard, Marcelo Pombo’s two antisocial theses
are analyzed as a starting point for exploring a queer ontology that seeks to reorient discussions
on Buenos Aires art toward aesthetics, in response to the expansion of the industry that is
projected onto it.
Palabras Clave: Industria del Arte, Galería de Galpón, Tesis antisociales,
ontología queer, Marcelo Pombo
Key words: Art Industry, Warehouse Gallery, Antisocial Theses, Queer
Ontology, Marcelo Pombo
Sugerencias para citar este artículo,
Scorzelli, Mario (2026). Del pasillo al galpón. Una perspectiva queer sobre el arte y el desarrollo de su industria
en Buenos Aires. Afluir (Ordinario X), págs. 23-33, https://dx.doi.org/10.48260/ralf.10.249
SCORZELLI, MARIO (2026). Del pasillo al galpón. Una perspectiva queer sobre el arte y el desarrollo de su
industria en Buenos Aires. Afluir (Ordinario X), octubre 2026, pp. 23-33, https://dx.doi.org/10.48260/ralf.10.249
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Introducción
El arte de Buenos Aires, acostumbrado a circular por pasillos e incómodos locales
comerciales que distaban mucho de ajustarse a los parámetros de un cubo blanco
1
(O'doherty,
2011), en el año 2015 se encontraría con un consolidado dispositivo para la exhibición y
comercialización de obras de arte: la “galería de galpón”.
2
Este dispositivo prometía mitigar
todas las falencias técnicas y arquitectónicas que dificultaban una hipotética experiencia de las
obras, desafectada de interferencias. Además, proponía ajustarse a los estándares internacionales
para la exhibición de obras de arte. En este artículo, vamos a abordar, desde una perspectiva de
los estudios queer, ese cambio de emplazamiento de las galerías ―del pasillo al galpón― que
se inscribe en un relato mayor: la historia triunfal de la industria del arte.
Mientras el arte de los noventa en Buenos Aires fue conocido como un arte doméstico,
misterioso, guarango, light, liviano y marica (Lemus, 2015) —gracias a las prácticas
desarrolladas por el círculo social del Rojas
3
y a un puñado de exhibiciones que mostraron obras
de pequeño formato en un angosto pasillo (ver figura 1)—, el arte del nuevo milenio irrumpió
en la ciudad con grandes ambiciones, aumentando drásticamente los metros cuadrados de sus
emplazamientos hasta consolidar el dispositivo del galpón que reconfiguró el sistema de galerías
de arte (Iglesias, 2018). En esa dirección, vamos a atender a las mutaciones en la circulación
del arte que tuvieron lugar entre aquel pasillo de los años noventa y los galpones del nuevo
milenio, trazando algunas directrices que esbozan la historia del éxito de la industria del arte. A
la vez, intentaremos encontrar alternativas que nos permitan indagar otras posibilidades para el
“arte de los noventa”, que lo proyecten sobre un futuro incierto, desatado de los sentidos
construidos a través de la periodización por décadas de la historia del arte y las perspectivas
sociológicas que entienden al “campo del arte” a partir de la discursividad social.
Por otra parte, al referirnos a "las mutaciones en la circulación del arte", nos enfocaremos
tanto en las transformaciones de las condiciones de producción y recepción, vinculadas con el
cambio del dispositivo de exhibición ―del pasillo al galpón―, como en la transformación del
estatuto del arte frente al avance de la industria. En este sentido, la perspectiva socio-semiótica
podría complementarse con un enfoque estético-ontológico, abordando tanto la discursividad
social de la industria como aquellos aspectos de las obras que exceden los sentidos proyectados
sobre ellas. Así, proponemos motivar la reflexión sobre el futuro ―o la ausencia de futuro― del
arte en Buenos Aires frente a la expansión de la industria, reorientando los debates hacia la
estética y recuperando una perspectiva que podríamos llamar anti-social ―en cuanto prioriza el
enfoque de la ontología del arte por sobre su discursividad social―.
1
Me refiero a espacios emblemáticos del arte contemporáneo, fuertemente referenciados con el arte de los noventa y principios de
los 2000, como el pasillo del Centro Cultural Rojas y la histórica sede de Ruth Benzacar en Florida al 1000.
2
Entre los casos más significativos se encuentran la galería Barro en el barrio de La Boca y la nueva sede de la galería Ruth
Benzacar en Villa Crespo.
3
El Rojas era una sala que hacía de vestíbulo del auditorio del Centro Cultural Ricardo Rojas, dependiente de la Universidad de
Buenos Aires, que se inauguró como Galería del Rojas el 13 de julio de 1989 con una performance de Batato Barea y una
instalación de Liliana Maresca. Si bien con anterioridad se habían realizado algunas exposiciones en aquel recinto, las mismas no
habían tenido regularidad ni continuidad, ni se hallaron dentro de la esfera de un programa artístico-curatorial como el que
desarrollaría el artista Jorge Gumier Maier a lo largo de su gestión como director-curador entre 1989 y 1997 (Pineau, N. 2012).
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La gran proeza de la galería de galpón
En el año 2015, la galería Ruth Benzacar se mudo de su histórica sede de la calle Florida
al 1000 ―un subsuelo de techos bajos y puertas angostas― para instalarse en un antiguo galpón
industrial del barrio de Villa Crespo (ver figura 2). Unos meses antes, a finales de 2014, abrió
sus puertas la galería Barro, ubicada en un galpón de 400 metros cuadrados en el barrio de La
Boca (ver figura 3). Estos dos casos, son centrales para abordar la consolidación de un nuevo
dispositivo de exhibición y comercialización que vendría a redefinir el sistema de galerías de
arte contemporáneo de Buenos Aires.
La galería de galpón es un dispositivo técnico-arquitectónico reconocible por sus
cualidades materiales, que consisten en una gran nave con paredes blancas, techos altos, pisos
de cemento alisado y la ausencia de interrupciones que contaminen visualmente el espacio.
Además de esas cualidades espaciales de la arquitectura, la galería de galpón incorpora el
despliegue de pautas de consumo, normas de comportamiento y maneras de hacer relacionadas
con sus usos sociales.
De esa forma ―a espaldas de una tradición local en la que el arte circuló por pasillos,
bazares e incómodos locales―, el galpón se erige como un “objeto de deseo” que proyecta las
dinámicas de poder y las construcciones sociales que subsumen el arte a su despliegue
industrial. Así, la galería de galpón aparece en la escena del arte contemporáneo porteño con la
fuerza de un trauma que amenaza el desarrollo del arte chico y doméstico a la vez que introduce
la fantasía del crecimiento profesional.
La galería de galpón es un medio en el que se construyen identidades y se negocian las
relaciones de poder, de esa manera es capaz de proyectar en los artistas la fantasía de realizar
una gran exposición individual, de contar con un entramado institucional encargado de insuflar
discursividad sobre sus obras, de acceder a un nuevo público, a un nuevo mercado y
fundamentalmente a la posibilidad de “vivir del arte”. Es decir, convertir su práctica artística en
una actividad profesional que se ajuste a los estándares y expectativas globales.
Hernández Galván (2022) en relación a La promesa de la felicidad (Ahmed, 2019) se
ocupó de señalar que “el objeto de deseo se manifiesta como un dispositivo inalcanzable, el
deseo se inclina hacía objetos, el deseo se pega a la felicidad. La consume, la cubre, la impregna
y sobre esa superficie trabaja“ (Hernández Galván. 2019).
La galería de galpón no solo constituye un escenario para la búsqueda individual de
reconocimiento y estabilidad económica, sino que también se inserta en una narrativa colectiva
que asocia el valor del arte con su capacidad de generar valor comercial y estatus social. Así, el
galpón despliega una escena en la que los artistas y sus obras navegan entre las expectativas de
la industria.
En esa dirección, podríamos pensar a la galería de galpón inscripta en un proceso mayor
relacionado con la expansión de la industria del arte contemporáneo y la promesa de “vivir del
arte”. Algo que vimos emerger junto al comienzo del nuevo milenio con la apertura de un
cinturón de instituciones que incluía desde museos como MALBA y Proa, espacios de
formación específicos para artistas como la Beca Kuitca, LIPAC y el Programa de Artistas de la
UTDT, la consolidación de la feria arteBA y la irrupción de docenas de galerías de arte
contemporáneo que abrían sus puertas en la Ciudad (Iglesias, 2012).
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De esa manera, la industria del arte contemporáneo avanzaba con la promesa de expandir
la esfera pública del arte. Su propósito parecía ser “rescatar” el arte de su domesticidad y
amateurismo, para situarlo en un nuevo ámbito profesional que apenas podía ser imaginado en
los años noventa.
Este fenómeno parece avanzar a un ritmo que supera nuestra capacidad de articular una
respuesta que nos ayude a comprender los interrogantes que plantea para el desarrollo del arte.
Así, resulta difícil entender cómo una ciudad como Buenos Aires, que se caracterizaba por su
“arte chicho”
4
y “doméstico”, desarrollado en un entorno que favorecía la proximidad, ha
decidido darle la espalda a esa tradición para adoptar galpones desproporcionados.
Por otra parte, el desarrollo de esa industria del arte contemporáneo, que hoy impulsa la
adopción de galpones como nuevos emplazamientos para las galerías de arte, posiblemente no
hubiera sido posible sin la articulación de iniciativas privadas y públicas, una legislación que
favorece con alivios impositivos el desarrollo de nuevos circuitos artísticos y una gestión urbana
enfocada en políticas de maquillaje social.
5
Con la intención de hacer legible este proceso, en el marco del desarrollo de una historia
triunfalista de la industria del arte, se propone un abordaje desde la perspectiva de los estudios
queer que nos ofrecen diferentes alternativas y orientaciones para indagar el desarrollo del arte
no solo a través de la expansión de la industria, sino a pesar de ella.
En definitiva, el objetivo de este artículo es inscribir los cambios de estilo y escala
asociados a la adopción del galpón como marcas que hacen legible la narrativa triunfalista del
éxito de la industria y la profesionalización. Una narrativa que entra en tensión con otras
alternativas para el arte que no pueden simplemente subsumirse en el triunfo de la industria.
La ambición del proyecto
La transformación espacial y cultural de la escena artística porteña, que encuentra en la
adopción de la galería de galpón uno de sus síntomas más visibles, no es algo que se revela sólo
al visitar esos nuevos espacios expositivos grandilocuentes. El discurso de la expansión del
mercado ha adoptado la forma de un gran relato triunfalista que ha modificado el ethos de los
artistas e incluso ha redefinido el concepto de arte contemporáneo en nuestra ciudad. (Iglesias,
2018).
4
Una actualización de los debates en relación al arte chico se encuentra en dos notas breves de El Flasherito. Distintos tamaños del
arte (Sinclair, 2019) en el que la autora afirma que los artistas románticos que se dedican al arte chico crean sus obras en la
intimidad de sus talleres, enfocándose en sus propias búsquedas personales y dedicándose a trabajar de manera constante. Este tipo
de autonomía es similar a la del pintor aficionado o a la de las mujeres que, durante siglos, han bordado o tejido en sus hogares. Al
resaltar prácticas productivas que han perdurado a lo largo del tiempo, se desafía la idea contemporánea de que el arte significativo
es exclusivo de los profesionales, reproduciendo así un mandato que puede ser restrictivo y excluyente, en sintonía con las
tradiciones arraigadas en esta región. Y, por otra parte, La mutual del misterio (Laxagueborde, 2019) que afirma que el arte chico se
presenta como una forma de disimular la realidad al crear una nueva. No se trata únicamente de su autonomía, sino de su capacidad
de proponer mucho con poco. Estas obras evocan sensaciones y son espacios donde habitar la sensibilidad. Más que simplemente
considerar el término "arte chico", se puede entender como la presencia de lo pequeño en el arte, que cuenta con una tradición y un
linaje lleno de referencias diversas y arbitrarias. El arte chico no se limita a definir tamaños, sino que se relaciona con dimensiones
económicas, espaciales, espectaculares y 11colectivas.
5
los aspectos aquí enumerados quedan pendientes para ser analizados con mayor profundidad en futuros trabajos
28
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Para caracterizar el fenómeno de la galería de galpón en ese contexto, encuentro relevante
introducir una cita tan breve como altisonante, que contribuye a comprender no solo los rasgos
formales de ese espacio, sino las fantasías y la estructura de sentimiento que se proyecta sobre
él: “El galpón blanco le gana al cubo blanco en todo tipo de economías: materiales,
urbanísticas y simbólicas. La justa ambición del proyecto es la de poseer un espíritu
contemporáneo al de las obras de arte que albergará” (Huffmann, Fernández Sanz,
2015).
En relación a este comentario, podríamos señalar una serie de rasgos que caracterizan la
orientación del gran relato triunfalista de la industria del arte, como el énfasis economicista, la
presencia de ilusiones objetivista, una suerte de planteo ortodoxo característico del
determinismo abstracto, que suele abordar la realidad como si existieran fuerzas materiales
desenvolviéndose por fuera de los sujetos. O, en esté caso puntual, como si fuera posible ocultar
los rasgos de las personas en las sombras de esa tecnología emergente del mercado de arte
contemporáneo porteño que identificamos en la galería de galpón. Por otra parte, podría sugerir
cierta perspectiva normativa que proyecta sobre las obras y el espacio una relación de
correspondencia ideal, surgida más de preconceptos generales que de una observación material.
A partir de esas ideas, sería posible reconocer a la galería de galpón como un dispositivo
que determina cierto régimen escópico mediante el desplazamiento de los cuerpos en el espacio,
que modela los comportamientos, organiza recorridos, jerarquiza los objetos y establece
relaciones de poder y saber.
6
Sin embargo, ¿es eso lo mejor que podemos hacer a la hora de
analizar las relaciones entre el arte, la subjetividad, la tecnología, la sociedad y la cultura?
¿Limitarnos a pensar que las transformaciones de la vida social y cultural que emergen en las
galerías de arte son meros reflejos de los desarrollos económicos o tecnológicos?
Las dos tesis antisociales de Pombo
Como ya mencionamos, el arte contemporáneo de Buenos Aires supo ser catalogado
como un arte chico, de pasillo, doméstico, en una clara referencia al “arte de los noventa”, una
formación discursiva desarrollada principalmente por historiadores del arte y sociólogos, que
lograron cristalizar el arte de toda una década en una serie de producciones artísticas y en la
vida social de un reducido grupo que circulaba por el pasillo del Rojas (Krochmalny, 2016).
En el contexto de este trabajo y para inscribir la adopción del galpón en el desarrollo de
una industria del arte ―que parece crecer con total indiferencia a las particularidades de las
obras y la vida de los artistas de Buenos Aires― propongo indagar la construcción discursiva
“arte de los noventa” a partir de las interpretaciones de Claudio Iglesias (2015) sobre lo que
denominare las dos tesis antisociales de Marcelo Pombo:
6
En relación a la caracterización del dispositivo, ver Agamben, G. (2011) ¿Qué es un dispositivo? Sociológica, año 26, número 73,
pp. 249-264.
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1) solo importa mi metro cuadrado.
2) el arte de los 2000 nunca existió.
Marcelo Pombo es un artista que tuvo una activa participación en el Rojas, el centro
neurálgico del “arte de los noventa”, en aquel momento en el que era casi imposible imaginar la
expansión industrial que tendría lugar años después. Sus palabras fueron ampliamente
recuperadas por investigadores y críticos, de todas maneras, considero que aún conservan cierto
potencial para movilizar un giro a los sentidos que proyectan los abordajes de la historia del arte
y la sociología. Aunque estos enfoques han enriquecido nuestra comprensión del campo
artístico del Rojas, el carácter antisocial de las afirmaciones de Pombo rara vez ha sido
discutido.
Por esto, resulta pertinente investigar cómo estas tesis pueden reconfigurar los discursos
existentes y, sobre todo, colaborar en nuestra comprensión de la particular “orientación” que
tuvo la consolidación de la industria del arte contemporáneo en nuestra ciudad.
Esto aparece en las interpretaciones de Iglesias (2012) que se ocupa de señalar que,
mientras la primera tesis de Pombo ―solo importa mi metro cuadrado― alude al modelo del
“artista de artistas”, típico de los años noventa en Argentina en los que la producción artística
estaba dirigida exclusivamente a amigos artistas, la segunda ―el arte de los 2000 nunca
existió― presenta un escenario desalentador para una década marcada por una autoestima
fracturada, en la que los vínculos de solidaridad entre artistas fueron reemplazados por ferias,
galerías de moda e instituciones educativas con una fuerte imagen de marca. La década que
Pombo describe como inexistente se distancia de su "metro cuadrado". Es una época en la que la
escena artística creció, el mercado se expandió y el arte alcanzó una gran popularidad, pero a
costa de perder su autonomía, ya que la industria que surgió a su alrededor logró someterlo a sus
exigencias (Iglesias, 2012).
Siguiendo esas interpretaciones, encuentro que resulta pertinente indagar cómo estas tesis
pueden colaborar en una reconfiguración de los discursos construidos por una historia del arte
atenta a encontrar cierta cohesión semiótica en la periodización por décadas y en algunas
perspectivas de la sociología que encuentran en el arte una práctica fuertemente relacional cuyo
valor se subsume en el desarrollo de vínculos sociales que, por lo general, son considerados
como inherentemente positivos.
A partir de las tesis anti-sociales de Pombo podemos especular que no todo el arte es
relacional. El metro cuadrado podría no relacionarse con objetos como la industria del arte, el
nuevo público, las bienales o las nuevas tendencias globales. En esa dirección, es posible que el
arte de los noventa no se relacione con las fantasías de un futuro en el que los artistas devienen
trabajadores profesionales.
7
7
Sobre este punto, Graham Harman (2014) propone el concepto de “arte no relacional” como una crítica a la noción de
relacionalidad en el arte contemporáneo, que se popularizó a través del trabajo de Nicolas Bourriaud y su libro “Estética relacional”
(1998). Mientras que Bourriaud enfatiza la importancia de las relaciones sociales que se producen a través del arte, Harman
argumenta que esto reduce las obras de arte a sus efectos y contextos sociales, ignorando su autonomía. Para Harman, la "estética no
relacional" defiende la independencia de las obras de arte no solo de su contexto social, sino también de cualquier objeto con el que
interactúan. Esto implica que las obras de arte tienen un excedente que trasciende su mera existencia relacional.
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De la fenomenología queer a la ontología queer
Las tesis de Pombo podrían estar ahí para proponernos una Fenomenología Queer
(Ahmed, 2024) del arte, que nos oriente a los objetos próximos y se repliegue frente a la
expansión de la industria. En ese sentido, la orientación que proponen el metro cuadrado y la
ausencia de un arte de los 2000, sugiere trayectorias para el desarrollo del arte que no necesitan
seguir los caminos predefinidos de la aceptación social y el éxito comercial que propone la
esfera pública de la industria del arte. En esa dirección, las tesis proponen una “vía antisocial”
en la que se reafirma la existencia del arte no gracias a las interacciones sociales motivadas por
la industria, sino a pesar de ellas.
En este punto, la fenomenología queer podría permitirnos reconocer que el arte no se
produce en el vacío. Las experiencias y los deseos de los artistas están relacionadas con sus
entornos, con la forma en cómo experimentamos y damos sentido a la realidad social, ya sea que
nos encontremos en un pasillo o en un amplio galpón anodino. Según Sara Ahmed (2024), la
“orientación” no solo determina cómo habitamos el espacio, sino que también moldea nuestra
comprensión compartida del mundo y la dirección de nuestra energía y atención. En relación a
esto, la autora propone una fenomenología queer
8
que podría redirigir nuestra atención hacia
objetos que se desvían de las normas y direcciones establecidas. En el contexto de la
reorientación del pasillo al galpón, la atención de las prácticas artísticas más íntimas y
domésticas se podría desviar hacia un modelo más institucional y profesional. Sin embargo, este
desplazamiento también invita a considerar qué objetos y experiencias quedan fuera de esta
nueva orientación.
Si la galería de galpón recurre al dispositivo del cubo blanco, que funciona como un
mecanismo de transición que trata de blanquear el pasado y, al mismo tiempo, controlar el
futuro recurriendo a formas de presencia y poder supuestamente trascendentales (O'doherty,
2011) el pasillo del Rojas y el metro cuadrado de Pombo nos proponen una orientación que
podría negar los principios trascendentales del cubo blanco —que por definición nos hablan de
otro mundo— para afirmar su relación de proximidad con nuestro entorno. Entonces, el metro
cuadrado podría no ser una vía alternativa de acceso a ese otro mundo ideal que representa el
cubo blanco, sino una orientación material a lo que sucede en este mundo. En ese sentido, si el
arte de los noventa es considerado doméstico, lo es porque no se proyecta en un cielo platónico,
sino porque se desarrolla en el lugar más próximo.
Sin embargo, la tesis antisocial del metro cuadrado podría llevarnos incluso más allá de
los cuestionamientos a las normas sociales, las estructuras de poder y nuestras identidades, para
movilizar preguntas en relación a esos objetos tan particulares que llamamos arte y sobre los
que parece montarse todo el aparato industrial. De esa manera, la orientación de la
fenomenología queer podría darle paso a una ontología queer
9
que recupere la perspectiva
8
Esta reorientación implica no solo analizar el concepto de orientación dentro de la fenomenología, sino también reflexionar sobre
cómo la propia disciplina se orienta en su búsqueda de conocimiento.
9
En este punto queda pendiente para futuros trabajos profundizar en las relaciones entre la Fenomenología Queer y la Ontología
Orientada a los Objetos. En esa dirección, consideró particularmente de interés indagar en el realismo raro de Graham Harman y la
Fenomenología Alien de Ian Bogost. La fenomenología queer podría relacionarse con una fenomenología alien, que no prioriza
nuestra estructura trascendental sobre otras. Ese movimiento podría posicionarnos de forma diferente frente a las obras de arte, para
ayudarnos a especular no sólo cómo nos orientamos en relación a ellas, sino cómo se orientan ellas en relación a nosotros. De esa
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estética para atender a cierto carácter nouménico, misterioso, que acecha en la proximidad del
metro cuadrado de las obras de arte. De esa manera, quizás también podríamos orientarnos hacia
aquello que Iglesias (2012) llama “autonomía” y que Gumier Maier (1997) llamaba “necesaria
innecesariedad” —ambos parafraseando a Kant—. Desde la perspectiva de una ontología queer,
el metro cuadrado podría hacer alusión a la retracción del arte frente al entramado discursivo y
comunicacional que la industria proyecta sobre él. Así, el arte podría no solo parecer —desde
una perspectiva fenomenológica— algo diferente al trabajo, sino ser —en un sentido
ontológico— algo radicalmente distinto.
En ese sentido, la tesis antisocial del metro cuadrado y la fenomenología queer podrían
colaborar en desarrollar un giro a las perspectivas históricas y sociológicas que abordaron el
desarrollo del arte de Buenos Aires y permitir el despliegue de una orientación que atienda más
a la ausencia de relaciones entre el arte y la industria que a sus correspondencias.
Por otra parte, la tesis sobre la inexistencia del arte de los 2000 podría proponernos una
reevaluación del fracaso del arte doméstico frente a la expansión de la industria. De esa manera,
podríamos recuperar algunos caminos alternativos para el desarrollo del arte a pesar de las
narrativas sobre el éxito, la productividad y la identidad del artista como un trabajador
profesional. En esa dirección, las tesis antisociales al negar la positividad intrínseca de la
expansión de la esfera pública en relación al arte y al negar la existencia del arte en un futuro
marcado por el éxito de la industria, podrían ofrecernos como alternativa un “arte queer del
fracaso” (Halberstam, 2015).
Consideraciones finales
El arte de los noventa ha sido considerado como un arte “marica”, principalmente por
perspectivas de la historia del arte y la sociología que cristalizaron ese sentido a partir de
observaciones sobre las prácticas del grupo social del Rojas que reconocen relaciones causales
de continuidad y ruptura con otras generaciones. Sin embargo, una perspectiva desde el giro
antisocial de los estudios queer podría proponernos un enfoque alternativo en el que el rasgo
marica del arte no sea una construccion discursiva a partir de las relaciones que establecen los
actores del Rojas en una determinada coyuntura temporal, sino un forma de reafirmar la
autonomía de las obras y caracterizar su retracción frente al horizonte de productividad y
profesionalidad de la industria. En esa dirección, los debates en torno al atributo marica podrían
reintroducir la dimensión estética para comprender el costado anti-social que escapa a la
perspectiva de la historia social del arte. Esto podría permitirnos especular con un futuro
alternativo para el “arte de los noventa”. Un futuro que escapa del criterio de periodización por
decadas y proyecta al arte de los noventa como una orientación posible en la que lo marica del
arte sea la improductividad y la autonomía radical que pervive en un halo de misterio más allá
de cualquier entramado industrial.
manera, el arte de los noventa podría ser un modo de ver a los artistas, desadaptados, sin tantas habilidades para socializar en un
medio hiper-relacional contaminado por una masiva carga de discursividad en la extensa red de la industria del arte.
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Revista de Investigación y
Creación artística
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Ordinario X
Octubre 2026
I Investigación
ISSN: 2659-7721
DOI: https://dx.doi.org/10.48260/ralf.10.249
Las reflexiones sobre las tesis antisociales de Marcelo Pombo y la propuesta de una
fenomenología queer abren un espacio para reconsiderar las trayectorias y la orientación del arte
contemporáneo. Esta perspectiva, no solo invita a cuestionar las estructuras de poder que
configuran el campo del arte y modelan las subjetividades, sino que también propone considerar
el desarrollo de una ontología queer orientada a las obras de arte, como una aproximación
alternativa a la orientación sociológica que indaga en el entramado de discursos que proliferan
con el avance de la industria. En definitiva, el recorrido desde el pasillo al galpón no debe ser
visto únicamente como un desplazamiento que ilustra el triunfo de la industria, sino como el
desarrollo de diferentes orientaciones en relación al arte. Una orientación que disuelve las obras
en sus relaciones con la industria del arte y otra que se retrae frente al entramado discursivo,
comunicacional y comercial que la industria proyecta sobre las obras.
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