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Revista de Investigación y
Creación artística
Extraordinario 6
Febrero 2026
Investigación
ISSN: 2659-7721
Introducción
Uno de los objetivos centrales de la formación universitaria en Historia del Arte es El
acoso escolar, también conocido como bullying, constituye uno de los problemas más
persistentes y complejos dentro del sistema educativo contemporáneo. Aunque durante décadas
se ha intervenido, abordándolo desde diferentes enfoques, sus repercusiones siguen generando
contextos escolares inseguros para gran parte del alumnado. Así, diversos estudios tanto a nivel
internacional como nacional, coinciden en señalar que un elevado porcentaje de estudiantes
experimentan bullying durante su trayectoria escolar, especialmente en etapas tempranas como
Educación Primaria (González y Ramírez, 2017), cuando las habilidades sociales y la
autoestima están en vías de desarrollo.
Las formas de acoso escolar existentes son diversas, existe desde la agresión física hasta
la verbal, y, hoy en día, está en auge el acoso digital, denominado como ciberbullying. Se
entiende por ciberbullying aquella forma de agresión repetida e intencional que genera abusos
de poder mediante las tecnologías digitales como los teléfonos móviles o las redes sociales
(Cortés-Alfaro, 2020). Todas estas formas de acoso tienen en común consecuencias negativas en
la persona que lo sufre, afectando a su bienestar emocional, su rendimiento académico y su
capacidad para establecer relaciones interpersonales sanas con naturalidad. Sin embargo y pese
a las graves consecuencias, uno de los aspectos inquietantes del fenómeno y que más llama la
atención, es su carácter silencioso. En numerosos casos de acoso escolar, las víctimas se
mantienen en silencio (Puche-Cabezas, 2023) y no suelen contar con las herramientas necesarias
para expresar lo que están sufriendo, ya sea por miedo, vergüenza, presión social o falta de
confianza en las personas adultas que las rodean.
Ese silencio, muchas veces normalizado, se convierte en un mecanismo de
invisibilización que perpetúa el daño. Cuando el dolor no se nombra, no se atiende; cuando la
violencia no se reconoce, se reproduce. En este contexto, resulta imprescindible repensar las
estrategias de intervención desde un enfoque más humano y creativo. Es aquí donde el arte nos
ofrece caminos alternativos de expresión, comprensión y denuncia.
Tal y como señalan Texeira-Jiménez y Vaquero (2022), transformar el aula en un
espacio de creación artística no solo implica modificar las prácticas pedagógicas, sino asumir un
compromiso real con el crecimiento personal y colectivo. Solo desde ese “refugio de lo
artístico” es posible activar procesos educativos capaces de propiciar cambios significativos en
el alumnado, especialmente en contextos marcados por el silencio.
Lejos de ser una actividad meramente estética o recreativa, el arte es, en palabras de
Eisner (2002), un “modo de conocimiento” que permite abordar la realidad desde otros
lenguajes y perspectivas, proporcionando acceso a formas de pensamiento que, a menudo, son
inaccesibles a través de otras formas de representación. A través del arte, los niños y niñas
pueden representar sus emociones, contar historias complejas, simbolizar conflictos internos y/o
externos, y construir nuevas narrativas en torno a su experiencia vital. Especialmente en edades
tempranas, donde el pensamiento abstracto está aún en desarrollo y las palabras a menudo no
son expresadas, los lenguajes visuales (como el dibujo, el collage o la creación plástica), se
convierten en canales privilegiados para decir lo que duele sin necesidad de hablarlo de forma
directa.