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Revista de Investigación y
Creación artística
Extraordinario 6
Febrero 2026
Investigación
ISSN: 2659-7721
Este vocablo nos parece interesante porque juarrajamalajá es una palabra inventada, un
término que no existía previamente, lo que nos devuelve a ese uso plástico del lenguaje, esa
lengua viva llena de hallazgos imprevistos. Por otro lado, “bárbaro juarrajamalajá” es un
pleonasmo lleno de sugerencias de las que Alviz era plenamente consciente.
Bárbaro es la palabra que se empleaba en el antiguo Imperio Romano para hablar de
todas aquellas personas que habitaban fuera de sus fronteras. El origen de este término estaba en
el griego y significaba algo así como “el que balbucea”, aquel que solo dice “bar, bar, bar”. El
empleo de la palabra bárbaro sigue siendo cotidiano en nuestro día a día. De hecho, su
dimensión de insulto lingüístico es la que da origen a términos despectivos como bable (Obrero,
2025, p. 114), una fórmula ya en desuso con la que se acostumbraba a denominar al asturiano,
una de las lenguas emparentadas con lo que conocemos como estremeñu. El sintagma
juarrajamalajá remite a la misma emisión de sonidos incomprensibles, aunque, en este caso,
tiene que ver con el componente árabe de las lenguas extremeñas (véase, por ejemplo, Carmona
García, 2011, pp. 80 y 85). Las tres jotas empleadas por Alviz en la creación de esta palabra
quieren hacer alusión a la marcada hache aspirada del extremeño, uno de los síntomas más
obvios de su pasado andalusí.
En este sentido, nosotres también apostamos por la reapropiación de la injuria como
táctica política. La fórmula “bárbaro juarrajamalajá”, creada como un falso insulto por Alviz,
alberga la alianza entre lenguas minorizadas. Une dos marginaciones lingüísticas: la de los
salvajes del norte y la de los salvajes del sur. También es un término que propone deleitarse en
el balbuceo, en un uso sensual del lenguaje, que, como de nuevo diría Susan Sontag (2022a,
p.30), no parte tanto de una hermenéutica, sino de una erótica del arte.
El último ejercicio del taller consistió, precisamente, en jugar con esa condición sensual
de las palabras. Con este fin, repartimos a cada une de les participantes que nos acompañaban
un plato de sopa de letras, la cual habíamos ido cocinando poco a poco a lo largo de la sesión. A
continuación, une de nosotres tomó una porción del caldo y pronunció en voz alta el sonido que
aparecía en las letras de la cucharada que se iba a comer. Todo el mundo repitió ese mismo
sonido inmediatamente, formando un coro de ruidos incomprensibles. La acción fue repetida,
hasta que cada asistente del taller pronunció las letras que había cogido del cuenco de sopa con
su cuchara.
Resulta difícil, quizá imposible, ajustarnos al formato que impone el paper académico y,
al mismo tiempo, compartir los resultados que obtuvimos en este ejercicio. Por ello, os
invitamos a preparar una sopa de letras, dejarla reposar hasta que se convierta en una masa
prácticamente informe, y decir después en voz alta los sonidos que vayáis ingiriendo, todo ello
acompañades de las personas que vosotres prefiráis. Así podréis disfrutar de una forma de hacer
lenguaje desde la pura oralidad, y en la que las palabras, lejos de fosilizarse en un papel, se
transformen como el barro húmedo. Una lengua que surja desde el encuentro, del compartir y
repetirse en colectivo, del boca a boca, sensible al cambio y las mutaciones.