20
Revista de Investigación y
Creación artística
Extraordinario 6
Febrero 2026
Investigación
ISSN: 2659-7721
más allá de los modelos impuesto por la cultura dominante. Entonces, si la autobiografía se
organiza en torno al sujeto, hay que reconocer que no puede haber un modo único de organizar
la autobiografía, sino que esta cambiará dependiendo de cada cultura (de Diego, 2011). Estos
modos de narrar y de narrarse, especialmente propios de la contemporaneidad, se corresponden
con determinadas formas de representación estética, cuyos valores, enraizados en nuestra
naturaleza sensorial, posibilitan alternativas al relato canónico de cada cultura (Montano y
Fernández, 2023). Por ende, la imagen personal se fragmenta y la narrativa se vuelve múltiple,
vinculándose con los modos tradicionales de la mirada, donde las perspectivas se distorsionan y
se reproducen, dando lugar a nuevos paradigmas (Méndez y Arias-Camisón, 2021).
La mirada queer, que se desprende de esta concepción, interpela visiones monolíticas,
órdenes artísticos y valores culturales, rastreando el derrumbe de toda frontera rígida. Esta
actitud, de carácter transgresor, enaltece las diferencias que nos constituyen como seres
humanos (Cortés, 1998), confrontando los discursos dominantes de lo normativo con la
voluntad de crecer frente a la cultura reglamentada, para entender las condiciones de posibilidad
de las fuerzas positivas y negativas de cada sociedad (de Lauretis, 2011). Lo queer trata de
desplegar, así, una narrativa propia, que se abre más allá del esquema coercitivo que invoca una
supuesta realidad natural (Sierra, 2008), soportada por la postmodernidad, el tecnofeudalismo y
la digitalización. Un contexto, el nuestro, que se erige también desde lo precario y donde se
evoluciona hacia una inestabilidad carente de garantías decentes, y otros aspectos que dificultan
o impiden una vida digna con fuertes relaciones sociales afectivas, constructivas y
personalizantes (Domínguez, 2021). El cuerpo se muestra como la imagen de esto, con valores
supremos, absorbidos y metamórficos, cargando con la memoria de lo múltiple en su devenir.
De este modo, el cuerpo, no sólo transmite mensajes a la sociedad en la que vivimos, sino
que se convierte él mismo en el contenido de los mensajes y refleja hasta qué punto se han
asimilado las normas reconocidas socialmente. Por tanto, el cuerpo funciona como un signo
económico, espacial y cultural (…) que ayuda a fijar el vocabulario de los roles de géneros. El
cuerpo no es solo creado social y culturalmente, sino también psíquicamente; en este sentido,
más que un punto de partida, o una fuente de reconocimiento, la imagen del cuerpo es el efecto,
el resultado, la construcción que se produce a través de la subjetivización de las estructuras que
preceden nuestra entrada en el mundo (Cortés, 1998, p. 111).
Estos argumentos, que sostienen la autonomía de los cuerpos en el espacio, determinan
las percepciones de lo individual y lo social, de lo público y lo privado, de lo perdurable y lo
mutable. Son dimensiones vinculadas a la retórica de una visión histórica aprendida, en la que la
educación de quien observa establece los límites y peligros de la visión y, en consecuencia, de
lo observable. De ahí que el cuerpo se presente como un territorio de estados compuestos,
irreductible a una sola lectura, capaz de una mirada corpográfica y poliédrica que atraviesa lo
carnal para adentrarse en lo corporal. Dicha mirada demanda resignificar los cuerpos para poder
enfrentarnos a los diversos enfoques que requiere lo corporal (Méndez y Arias-Camisón, 2021),
pues en el cuerpo habita nuestra hermosa capacidad para captar el mundo a través de los
sentidos.